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Friday, May 29, 2009

Fuentes de error


Cuando alguien compara al ser humano con una máquina nos molesta por dos razones principales. En primer lugar, nuestra concepción de máquina es una de producto humano y, en tanto que tal, una de perfección automática. En segundo lugar, nuestra concepción de seres humanos es una de imperfección, a veces voluntaria. Sabemos que «nadie es perfecto» y que todos cometemos errores. Las fuentes de error en el comportamiento de los seres humanos tienen dos vertientes: los juicios de la sociedad y una capacidad de autocrítica exacerbada. Creo que los seres humanos somos máquinas imperfectas.
Nos equivocamos porque nuestra sociedad nos dice que nos equivocamos (y porque asimilamos esa referencia en nuestra cabeza para no volvernos a equivocar). Las máquinas que no somos nosotros muchas veces son perfectas, pero son nuestros productos y nosotros no somos perfectos, ¿podemos hacer cosas perfectas? Cualquier producto humano es sometido a un proceso implícito de «control de calidad» social (además del control de calidad interno que permite que dicho producto llegue a la instancia en la que la sociedad podrá juzgar su horrible utilidad o, de menos, su inútil belleza) que permitirá hacer alusión a la perfección cuando haga satisfactoriamente eso para lo que fue diseñado. La perfección es un ideal que se vuelve real cuando mucha gente se pone de acuerdo.
Las máquinas son normalmente diseñadas para cumplir propósitos muy específicos; nosotros tenemos muchos, en ocasiones muy generales. Cuando hacemos cosas para satisfacer muchas necesidades resulta fácil equivocarse. Las máquinas no se equivocan y, si lo hacen, debe ser por algún error de quien las crea. Si somos máquinas imperfectas —ya sea que creamos en un creador con voluntad o en un creador automático (como el azar)—, la culpa de nuestra imperfección no puede ser de nuestro creador; la culpa tiene que ser nuestra o de nuestra sociedad.
Somos animales imperiosamente centrados en nosotros mismos. «Sabemos que sabemos», dice nuestra etiqueta filogenética, que nos ubica en la cima. No todo es saber, sin embargo; no todo es estar en la cima; no todo es crear estándares para saber quién se equivoca o para negar rotundamente la posibilidad de creer, de saber, de entender que somos máquinas, en tanto que funcionamos para satisfacer el propósito de vivir.

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