It's not about the complexity of the shadows, it's all about the simplicity of the message.
(81 easy steps)

Saturday, April 25, 2009

Sólo siete días

Su aire de suficiencia no ayudaría mucho ante la situación sin precedentes a la que se efrentaban todos, si bien fue el último en caer. Permaneció sin miedo hasta el final, cosa que muy pocos espectadores esperaron.
Día uno: el centro comercial cerró sus puertas a las 14:38. Un día con poca afluencia; nadie se lo tomó en serio al principio; había comida para alimentar a un ejército hambriento durante un mes; Fernando Roa pareció entenderlo con su eterno aire de suficiencia; sintió un escalofrío indecible (todos lo vimos) al percibir la presencia de las cámaras; no se lo dijo a nadie; los demás reían y comían; él juntó siete litros de agua, bebió uno, escondió el resto y comenzó su ayuno.
Día dos: Es fácil controlar a la gente cuando tiene miedo, dijo con su ya reconocido aire de suficiencia nuestro protagonista; no dijo nada más; bebió un litro de agua; la gente reía menos y comía más; todos esperaban indicaciones.
Día tres: el sonido público del lugar dio la alarmante noticia; se dieron las indicaciones que todos esperaban; nadie esperaba escuchar lo que se escuchó; Fernando bebió otro litro; nadie como él se sintió tan listo para la cacería; respiró lo necesario; trescientas almas miserables comenzaron a correr en un patrón indescriptiblemente caótico; él identificó una cámara, guiñó un ojo y sonrió; se escuchó la primera ráfaga; cayeron doce.
Día cuatro: por qué, preguntaban algunos; mi mamá, mi hijo, mi hija, mi padre, mi abuela, mi nieto, mi bebé, decía la mayoría; el piso era un cementerio vulgar y sangriento; la gente que caía en crisis nerviosas era rápidamente eximida de pena con certeza y pulcritud; las ráfagas lastimeras eran reservadas para los indecisos; nuestro ya heróico protagonista bebió otro litro; permaneció sentado.
Día cinco: parecía existir un patrón temporal, creyeron reconocer los afortunados sobrevivientes; cada hora, aproximadamente, comenzaba el pánico; Fernando bebía agua, procurando no mirar hacia abajo; tenía tres niños y una anciana a sus pies; faltaba poco; se escuchó otra ráfaga; eran cada vez menos; la suficiencia se había ya agotado, junto con ciento cincuenta personas; faltaba poco.
Día seis: qué hambre tenía; cuánto sufrían los desafortunados sobrevivientes por sus seres queridos; qué afortunado debía sentirse Fernando por no tener seres queridos; un pequeño esbozo de sonrisa dejó ver un esperanzador aire de suficiencia; ningún espectador esperó esa ráfaga a la rodilla; él perdió la fuerza y casi toda la esperanza; no dejó de beber agua, la necesitaría; sólo quedaban veinte; nadie reía ya.
Dia siete: qué difícil cargar el último litro; perdía mucha sangre; el pánico inhundó a los veinte; la liberación de su pena fue pulcra; veinte balas certeras acabaron con la penúltima ronda del juego; los espectadores fincaban sus esperanzas en un solo héroe que había perdido la suficiencia y bastante sangre; tenía que sonreír; Miedo era el nombre del juego, pero se necesita sangre para sonreír; la llave, junto a la puerta, en el fondo de un tubo de diez centímetros de diámetro y veinte de altura, atada a una goma delicada; el agua, Fernando; la había dejado y su rodilla no daba para más; vomitó dentro del tubo; vomitó más dentro del tubo; la goma salía a flote; gané, pensó; ganó, pensamos; el hilo empezó a deshacerse, nadie lo pensó; la llave cayó al fondo; entró en pánico, nadie lo pensó. Certeza y pulcritud.
Apagué la televisión, ya vendría la segunda temporada.

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