It's not about the complexity of the shadows, it's all about the simplicity of the message.
(81 easy steps)

Wednesday, July 15, 2009

Suerte

La idea de un mundo perfectamente ordenado, regido por la causalidad y en donde todos los eventos tienen una explicación lógica, no da lugar para pensar en la suerte —el pensamiento mismo, si bien no es exactamente una ilusión, es producto de cosas que ocurrieron hace miles de millones de años (¡qué horror!, a mí que me gusta pensar, por ahora, que lo que pienso lo pienso en el presente)—. La idea de un mundo perfectamente azaroso, en donde ningún evento guarda relación con ningún otro y en donde la idea de orden es una ilusión producida por no sé que choque aleatorio que ocurre dentro de la cabeza (si existe), no da lugar para pensar en la mala suerte, pues las ideas de lo "bueno" y lo "malo" necesitan estándares y, por pura suerte, los estándares no existen sin orden.
Pero en los extremos —cualquier curva normal que no esté sesgada me impedirá mentir— sólo habitan las minorías. La mayor cantidad de realidad, creo, habita en medio. Ahí podemos encontrar cabida tanto para el mundo ordenado como para el mundo azaroso.
¿Qué hay, sin embargo, del papel de los seres humanos en este mundo ordenado por el azar del bien (el azar del mal nos tendría sometidos a las temerosas hormigas)? Pues resulta que, haciendo el mundo un poco de lado y enfocándonos únicamente en los humanos, también hay dos extremos: (1) todo lo que hacemos, pensamos y sentimos tiene causas específicas, ajenas a nosotros; o bien (2) todo lo que hacemos, pensamos y sentimos depende de nuestra libre voluntad, que no tiene explicaciones más allá de las que su agente quiera dar.
La diferencia fundamental —que termina disolviéndose— entre los dos extremos para entender el mundo y lo que le pasa, y los dos extremos para explicarnos a nosotros qué nos pasa, está en el azar de la libre voluntad. Por un lado, tanto lo que le pasa al mundo que no somos nosotros como al que sí, puede explicarse por causas naturales; por otro lado, lo que pasa en el mundo de afuera puede ser el producto de eventos fortuitos, impredecibles e inexplicables, y lo que pasa en el de adentro (el mío, el tuyo) puede ser el producto de eventos planeados, predecibles y explicables sólo por quien los lleve a cabo. Al dividir uno entre seis mil millones (la voluntad propia entre el número aproximado de personas en el planeta) podríamos casi afirmar que la libre voluntad es prácticamente tan aleatoria como el azar del mundo exterior.
La verdad es que, desde una perspectiva lógica, es mucho más fácil inclinarse a pensar que todo tiene un orden y, por lo tanto, una explicación causal (incluso nuestra propia conducta). Pero también es verdad que, desde una perspectiva emocional, es mucho más fácil inclinarse a pensar que lo que hacemos depende de nosotros mismos (y que el mundo puede hacer lo que quiera, también).
En el mundo más real que alcanzo a imaginar hay efectos que resuenan como el eco de causas antiquísimas, pero también hay eventos fortuitos que nunca nadie previó. Es precisamente este mundo el que permite hablar de la suerte (o del azar, o de los eventos aleatorios) y contextualizarla, de acuerdo con sus efectos, como buena o mala. Pero si alguien decide habitar el mundo de en medio tendrá que aceptar que algunas de las cosas que pasan afuera tienen causas naturales y algunas otras no tanto, y que algunas de las cosas que pasan adentro tienen causas naturales y algunas otras son pura voluntad. Es necesario, sin embargo, antes de empezar a habitar este mundo, decidir qué tanto de lo que nos pasa es ajeno a nosotros y qué tanto es producto de nuestra voluntad (que será, si queremos, aleatoria para el resto del mundo).
La voluntad del mundo en el que vivimos se llama azar; la nuestra, cuando existe, se llama congruencia. Por suerte, buena o mala, lo que hacemos nosotros no depende de ninguna otra suerte que la nuestra, que es voluntaria.

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